La guerra es la extensión de la política por otros medios y la política es la organización de una clase. En este sentido, la guerra entre dos polos imperialistas de primer orden se manifiesta, de momento, como una guerra de precios entre los grandes capitalistas de EEUU y China.
Estados Unidos lleva ya meses en un proceso que vuelve drásticamente a la América expansionista y proteccionista que todos conocemos y Trump, a través de lo que parecen simples magufadas, es la figura que encarna este proceso.
EEUU, ante el avance de China con la fabricación y exportación de coches eléctricos ha impuesto al país oriental unos aranceles del 100% en sus vehículos.
Por su parte China ha prohibido la exportación a EEUU de galio, germanio y antimonio, materiales necesarios para la fabricación de semiconductores y el ensamblaje de chips. Este es el inicio de una guerra comercial que puede desencadenar en una escalada militar en unos años.
Estados Unidos debe asegurarse la producción de semiconductores. Justamente Canadá puede ser una fuente alternativa, junto a Australia, de algunos de estos materiales. La crisis política tras la dimisión de Trudeau le ha venido a Trump como anillo al dedo.
Por otro lado, los yankis llevan ya tiempo barajando la opción de comprar Groenlandia al Reino de Dinamarca, o incluso de aprovecharse de la mayoría de la población independentista inuit para intervenir militar o diplomáticamente y hacerse, de facto, con el control de la región.
Y es que resulta que el deshielo producido por el cambio climático está liberando rutas comerciales en Groenlandia para el transporte marítimo, además de tierras raras, litio, etc., para suministrar la producción de baterías o semiconductores.
Esta guerra de precios, que supuestamente protege a la población americana, solo sirve para inflar los precios al consumidor, es decir, a los proletarios. Los productores americanos de vehículos subirán el precio aprovechándose de la ventaja respecto de los aranceles.
Y los productos fabricados con semiconductores se encarecerán debido a la reubicación y reestructuración del ciclo productivo. Quien terminará sufriendo las peores consecuencias será el proletariado de ambas naciones.
Será así tanto a nivel de pérdida de valor de su fuerza de trabajo como en el caso de que sean mandados a morir a una guerra para decidir cual de sus burguesías se agencia una mayor parte del pastel.
El caso de México y Panamá, aprovechando la inseguridad que generan las bandas de narcos, puede servir también como excusa para hacerse con el control de una parte enorme del transporte mundial ante la amenaza de perder el control de Taiwán, otro de los nodos logísticos globales.
No sabemos si se trata de un tanteo preventivo de la opinión pública por parte de Trump o si efectivamente está dispuesto a llevar a cabo semejantes medidas.
Lo que si tenemos claro es quien pondrá el hambre y los muertos encima de la mesa.
جاري تحميل الاقتراحات...