25 تغريدة 30 قراءة Sep 15, 2024
La película «Civil War», de Alex Garland, sigue el recorrido de cuatro fotoperiodistas de guerra en unos Estados Unidos sumidos en una guerra civil: una que no entiende. Hoy quisiéramos apuntar sus principales contradicciones. Habrán spoilers.
Hemos de empezar por decir que es una película que trata sobre el periodismo de guerra -una excepcionalmente crítica con él-. En este sentido, la cinta es verdaderamente interesante, y no es nada tímida a la hora de reflejarlo visualmente.
Este es uno de sus puntos fuertes: su narrativa visual, que es tan sencilla como efectiva. Fijaos, por ejemplo, en cómo la película hace ver que Lee (Kirsten Dunst) y Jessie (Cailee Spaeny) son las únicas espectadoras de un «espectáculo» del que se han distanciado.
Pero, no nos engañemos, el principal atractivo de la película, buena parte de su carga temática y la mayoría de su comentario social reposa sobre la brutal guerra civil que se está desarrollando en los Estados Unidos. Y esto es sobre lo que queremos comentar.
Aquí, la película es intencionalmente vaga, y es donde se ubica su principal contradicción. Porque su mensaje es que la guerra es absurda... o tal vez no. Obviando la narrativa visual, casi toda la información nos la proporcionan los diálogos entre los otros dos protagonistas,
Joel (Wagner Moura) y Sammy (Stephen McKinley), que a diferencia de Jessie y Lee parecen tener una mayor sensibilidad hacia lo que ocurre y un interés relativamente genuino -aunque igualmente carroñero- en comprender el desarrollo de la guerra. No solo quieren la foto, vamos.
Gracias a ellos y sus diálogos descubrimos que se están produciendo limpiezas étnicas, cuáles son las principales facciones, que el Presidente disolvió el FBI, y que la ciudad en que arranca la acción, Nueva York, está bajo control de los sublevados.
En una cinta en que la acción está protagonizada por milicias dispares y en que los soldados de uno y otro bando visten la misma uniformidad es difícil ubicarse. Y el contexto se da por sentado. Este recurso puede ser útil si el conflicto que se trata es realmente existente,
o si la película retrata la guerra como una unilateralmente absurda. Pero en «Civil War» no ocurre así. Para introducir el «cacao mental» del director y guionista, Alex Garland, diremos que cuando se le preguntó en una entrevista qué se podía hacer para evitar un escenario como
el de su película, en que se produce una guerra civil contra la tiranía, en el que California -la «izquierda»- y Texas -la «derecha»- se unen contra el fascismo, su respuesta fue «votar».
Porque, ¿cuáles son los bandos? ¿Cuáles son las causas de la guerra? Parece ser que el Presidente, claramente basado en Trump, rehusó abandonar el poder tras el fin de su mandato, disolviendo el FBI y reforzando «la agencia de seguridad» -la CIA, suponemos-,
que asumirá el papel de ejército ideológico, siendo la última fuerza que ofrecerá resistencia en Washington. Y los bandos son los que aparecen en el mapa. Los lealistas serían fascistas -ahora iremos a ello-, las Fuerzas Occidentales querrían restaurar el orden constitucional,
la New People's Army es mencionada como «los maoístas de Portland» y de Florida solo existen un par de menciones, siendo que parece una facción aliada de las Fuerzas Occidentales. Pero los escenarios absurdistas en los que se desarrollan los tiroteos, la ausencia de diálogos
y la confusión intencional restan importancia a este panorama. Hay una sucesión de escenas que es especialmente contradictoria. En un momento dado, los protagonistas acaban enfrascados en un duelo entre tiradores a campo abierto, en un espacio rodeado de decoración navideña.
Joel pregunta al oteador de qué bando son, este no solo se ríe de él, sino que le llama «retrasado». Para restar más importancia a su pregunta, el oteador pasa a preguntarle a una asustada Jessie «qué está pasando», y ella responde que «hay un tío en la casa que nos dispara».
Al final, los tiradores del bando desconocido abaten al otro, y los protagonistas siguen su camino. Esta escena encapsula el que parece ser el intento de la cinta: demostrar que la guerra es absurda, que carece de sentido y que los bandos no terminan de importar.
Pero quince minutos después los protagonistas se cruzan con miliciano leal al Presidente, un fascista del todo sarcástico y brutal que juguetea con los protagonistas antes de matarlos. «¿Sois americanos?» «Sí, de Florida», «Ah, centroamericano».
Esta bestia, magníficamente interpretada por Jessie Plemons, viste a la MAGA y está echando cal viva sobre una fosa común de civiles. Es un animal que no duda en ejecutar a otros dos periodistas porque son chinos. Si nos fijamos, podremos ver que lleva dos relojes -como mínimo-,
lo que sugiere -y no muy sutilmente- el saqueo. ¿No es esto relevante? ¿No es esto una atrocidad? ¿Por qué en una película que decide «mostrar» y no «contar» el único bando al que se le atribuye una barbaridad de este calibre es el presidencial?
Porque la película es deshonesta consigo misma y con el espectador. Al final del día, «Civil War» es un cuento de miedo sobre el futuro que podría deparar a los Estados Unidos si el personal «vota mal». Pero no tiene mayores pretensiones, y la limitada perspectiva del intelectual
burgués limita profundamente la comprensión y el desarrollo de la totalidad de los temas que intenta tratar. Visto en retrospectiva, la elección de los fotoperiodistas como protagonistas permite retratar con verosimilitud un viaje «por toda la guerra», un descenso a un Infierno
cuyo séptimo círculo es Washington, donde reside «la Bestia» -y la cinta, la guerra y la transformación de Jessie en una persona «desalmada» concluyen en la Casa Blanca-. Pero es, a su vez, una opción cobarde, que refleja la misma idea que el director tiene de sí mismo:
la del comentarista externo y cínico, que advierte sobre los peligros de la guerra civil -como la inveterada Lee, el personaje de Kirsten Dunst- con la intención de que no se desaten en el hogar. Pero esto no funciona así, y los Estados Unidos de nuestra realidad
se dirigen, irremediablemente, a la convulsión interna, a su descomposición. La alegoría de Garland funciona mejor como apreciación estética del horror que como relato social. Y aunque recomendamos que le deis una oportunidad,
no encontraréis en ella más que el miedo al fin de un orden social por el que su creador no está dispuesto a luchar, ni siquiera en la ficción.

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