Aquí, la película es intencionalmente vaga, y es donde se ubica su principal contradicción. Porque su mensaje es que la guerra es absurda... o tal vez no. Obviando la narrativa visual, casi toda la información nos la proporcionan los diálogos entre los otros dos protagonistas,
Joel (Wagner Moura) y Sammy (Stephen McKinley), que a diferencia de Jessie y Lee parecen tener una mayor sensibilidad hacia lo que ocurre y un interés relativamente genuino -aunque igualmente carroñero- en comprender el desarrollo de la guerra. No solo quieren la foto, vamos.
Gracias a ellos y sus diálogos descubrimos que se están produciendo limpiezas étnicas, cuáles son las principales facciones, que el Presidente disolvió el FBI, y que la ciudad en que arranca la acción, Nueva York, está bajo control de los sublevados.
el de su película, en que se produce una guerra civil contra la tiranía, en el que California -la «izquierda»- y Texas -la «derecha»- se unen contra el fascismo, su respuesta fue «votar».
la New People's Army es mencionada como «los maoístas de Portland» y de Florida solo existen un par de menciones, siendo que parece una facción aliada de las Fuerzas Occidentales. Pero los escenarios absurdistas en los que se desarrollan los tiroteos, la ausencia de diálogos
Joel pregunta al oteador de qué bando son, este no solo se ríe de él, sino que le llama «retrasado». Para restar más importancia a su pregunta, el oteador pasa a preguntarle a una asustada Jessie «qué está pasando», y ella responde que «hay un tío en la casa que nos dispara».
lo que sugiere -y no muy sutilmente- el saqueo. ¿No es esto relevante? ¿No es esto una atrocidad? ¿Por qué en una película que decide «mostrar» y no «contar» el único bando al que se le atribuye una barbaridad de este calibre es el presidencial?
Porque la película es deshonesta consigo misma y con el espectador. Al final del día, «Civil War» es un cuento de miedo sobre el futuro que podría deparar a los Estados Unidos si el personal «vota mal». Pero no tiene mayores pretensiones, y la limitada perspectiva del intelectual
se dirigen, irremediablemente, a la convulsión interna, a su descomposición. La alegoría de Garland funciona mejor como apreciación estética del horror que como relato social. Y aunque recomendamos que le deis una oportunidad,
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